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Sakura

Sakura de Matilde Asensi

Al final, me quedé solo y caminé entre los árboles repasando mi
conversación con Gabriella en el microbús. En realidad, no recordaba la
conversación; recordaba sus gestos, sus miradas, su actitud rebelde, su lucha
por volar libre… Podría enamorarme de aquella mujer. Sí, podría. Pero no
sería nunca correspondido. Ella ni siquiera notaba mi presencia y era
demasiado hermosa y lista como para, de un vistazo, no saber a esas alturas
de su vida qué tipo de hombre le gustaba.

Mis pensamientos se iban oscureciendo como el cielo de aquel día
cuando, desde la distancia, escuché una suave y discreta llamada de Odette.
Había encontrado algo. Giré sobre mis talones y, sujetando bien la mochila,
eché a correr hacia la dirección de la que procedía la voz. Un par de jubilados
japoneses me sonrieron al verme pasar a toda velocidad. Hay que reconocer
que los japoneses son educados y amables hasta no poder más.

Estaba a punto de desviarme del camino correcto cuando una segunda
llamada de Odette me orientó en la dirección opuesta a la que acababa de
tomar. Vi a los demás acercarse al mismo tiempo que yo. Todos corríamos
hacia el templo principal que tenía las puertas abiertas. Odette nos esperaba
en el engawa, en la parte alta de las escaleras y, junto a ella, un joven monje
budista nos miraba bastante atónito.

—Hay un cuadro de Vincent Van Gogh dentro del templo —nos explicó
Odette—, pero este sacerdote no reconoce el nombre del artista y no deja que
me acerque.
—¿Un cuadro de Vincent Van Gogh en el templo de Ishiyakushi-ji…?
—se sorprendió Ichiro mientras saludaba con una reverencia al monje.
El joven monje, que no vestía con los colores azafranados o rojos como
se hubiera podido esperar de un budista sino con una camisola gris bajo un
hábito negro, inclinó la cabeza rasurada a modo de saludo y se dirigió a
Ichiro. Estuvieron hablando un rato y, luego, nos invitó a pasar.
—El monje dice —nos explicó Ichiro mientras entrábamos en el templo
— que no es un cuadro de Vincent Van Gogh sino una obra de Ogata Kōrin,
de principios del siglo XVIII.

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