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Libro Sidi gratis en PDF, ePub

De Arturo Pérez - Reverte 

 Sinopsis

Descargar Sidi de Arturo Pérez-Reverte  La nueva novela de Arturo Pérez-Reverte. Ningún país tiene ningún rey, tiene sólo un puñado de hombres leales. Tenían hambre de fama, simplemente hambre. El resultado es un mito. De esta manera, se cuenta una leyenda.

«»Es una fascinante mezcla de aventura, la historia y la leyenda. Hay muchos Cid en la tradición española, y esta es la mía. «»Arturo Pérez-Reverte
El arte del mando que ver con la naturaleza humana, y que dedicó su vida a aprender. Se colgó la espada de la silla, dio unas palmaditas en el cuello caliente del animal y miró a su alrededor resuena marcos resollar susurradas conversaciones. Estos hombres olían a estiércol de caballo, cuero, aceite de armas, el sudor y el humo de la madera.

Ellos eran ásperas extraordinariamente compleja en los instintos y las formas intuiciones guerrero y nunca había hecho nada más que ser. Resignado a su suerte, fatalistamente vida obediente y muerte, por supuesto, sin trucos de juego la imaginación en ellos. Correosa enfrenta el viento, el frío y el sol, arrugas alrededor de los ojos, incluso entre las personas jóvenes, las manos callosas portar armas y pelea. Conductor cruzó mismos ocurren antes de la pelea y se vende su vida o la muerte de su pan. Los profesionales de la frontera, ha sido capaz crueles fácil luchar y morir.

Ellos no estaban mal, dijo. Ni la simpatía extranjera. Sólo las personas difíciles en un mundo difícil.

Leer el Primer Capítulo:

Las cornejas volaron de izquierda a derecha sin cambiar de dirección; y
Diego Ordóñez, suspicaces los ojos bajo el yelmo, las vio alejarse,
tranquilizado al fin.
—Buen augurio —comentó.

Cruzaba la hueste el vado del Cinca, camino de Zaragoza: los caballos y
mulas con la corriente a medio corvejón, los carromatos hundidos hasta los
ejes. El río bajaba manso, con poca agua, y eso facilitaba la maniobra.
Ordóñez y Ruy Díaz, que habían cruzado los primeros —sus monturas
estaban mojadas hasta los ijares y ellos hasta las rodillas—,

se hallaban sobre
una altura que dominaba el vado y permitía ver una extensa porción del
territorio en el que se adentraban. Un paraje de suaves colinas onduladas que
se hacía brumoso y ocre en la distancia.

—La verdad es que, vistos así, impresionan… O impresionamos.
Se refería Ordóñez a la columna de hombres y animales que serpenteaba en
el lecho del río. Avanzaba ésta disciplinada y segura, poderosa, rutilante de
reflejos metálicos bajo el sol aún tibio de la mañana.
—Ojalá también los impresione a ellos —comentó Ruy Díaz.
—¿A quiénes?
—A ésos.
Señaló con un movimiento del mentón a cuatro jinetes inmóviles sobre una
colina cercana, a la distancia de dos flechas. Vestían albornoces y turbantes, y
cada uno sostenía una lanza.

—No los había visto —dijo Ordóñez.
—Estabas demasiado pendiente de las cornejas. Acaban de asomar por ahí.
Haciendo visera con una mano, el rudo mayoral de la hueste los observó un
momento.
—Batidores, naturalmente —concluyó.
—Pues claro.
Se rascó el otro la barba. Tras el protector nasal del casco, sus ojos oscuros
relucían coléricos.

—Hijos de la gran puta. De esa Agar, o como se llame.
Ruy Díaz encogió los hombros bajo la pesada cota de malla.
—Hacen su trabajo, ¿no?… Como nosotros el nuestro.

—Sucios moros —Ordóñez enseñaba los dientes, masticando viejos
rencores—. Sodomitas sarracenos.
—Vale, déjalo ya. Ahora somos amigos… Por lo menos, de éstos.
—No por mi gusto.
—Que lo dejes, te digo.
Se quedaron callados. El belfo entre las patas, relajados, los caballos
mordisqueaban los matojos. Ordóñez estudió las colinas con desconfianza.
—Supongo que no estarán solos —dijo al fin—. En algún lugar tendrán a
más gente oculta.
Estuvo de acuerdo Ruy Díaz.
—Si yo fuera ellos, la tendría. Jesucristo dijo: «Sed hermanos, pero no
seáis primos».

—¿En serio? —Ordóñez lo contemplaba con hosco interés—. ¿Eso dijo?
Sonreía el jefe de la hueste.
—Me lo acabo de inventar.
—Creía que era en serio.
—Pues no.
Cavilaba Ordóñez, hosco. Desconfiado como solía.
—Espero que esos perros vean bien la cochina bandera que llevamos hoy.
Miraron hacia la cabeza de la columna, donde Pedro Bermúdez había
sustituido la señal de guerra por un gran lienzo blanco. Ésas habían sido las
condiciones impuestas por Mutamán, rey de la taifa de Zaragoza, para

permitirles la entrada en su territorio: aquel día, por tal lugar exacto y con
bandera blanca. Dos jornadas atrás, para asegurarse, Ruy Díaz había enviado
a Minaya y a Félez Gormaz con una carta protocolaria escrita en árabe: En el
nombre de Dios clemente y misericordioso, Rodrigo Díaz de Vivar saluda
con todo respeto al rey Yusuf Benhud al-Mutamán, hijo de Ahmad Benhud al-
Moqtadir, noble defensor de los creyentes, cuyo rostro ilumine Dios,

etcétera. Los dos castellanos aguardaban ahora en la ciudad, mitad heraldos y
mitad rehenes. Y no era la suya una situación envidiable. Si algo salía mal,
acabarían crucificados o despellejados vivos.
—Algún día —dijo Ordóñez— tienes que explicarme por qué estamos aquí.
Palmeó Ruy Díaz el cuello de su caballo.
—Lo sabe toda la tropa. Y tú lo sabes de sobra.

Ficha Técnica

Título: Sidi
Autores: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Penguin Random House Grupo Editorial España
Fecha: 07 may 2020
Tamaño: 1.24MB
Idiomas: Español
ISBN/ASIN: 9788420435480
Literatura: Libros de Historia
Páginas: 365

Isbn: 945732789

Formato: epub y pdf

Enlaces de Descarga:

https://www.filecad.com/a49q/Sidi—Arturo-Perez-Reverte-(2).epub
https://www.filecad.com/a49r/Sidi—Arturo-Perez-Reverte-(2).pdf

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